lunes, noviembre 28, 2011


Cuando leí las declaraciones de la Primera Dama, primero me pregunté si estaba hablando en serio. Luego pensé que quizás habían tergiversado sus palabras, ya qué generalmente después de una declaración desafortunada culpan a la prensa por lo que salió publicado. Pero en esta oportunidad no era ni lo uno ni lo otro, estaba hablando en serio (lamentablemente) y quizás lo más grave, hablando desde la más completa desinformación.

Cuando se expresa de Camila Vallejo como una líder nueva, pero con ideas viejas, olvida primero, que esas ideas viejas tienen un respaldo como nunca ha tenido alguna otra situación o problema desde la vuelta a la democracia. La gratuidad en la educación ya esta posicionada en el subconsciente de la sociedad, incluyendo a quienes votaron por Sebastián Piñera en las últimas presidenciales.

Segundo, olvida (o quizás no tiene idea) que efectivamente hay países en los cuales el sistema de educación en administrado por el Estado en todos sus niveles y no estoy hablando precisamente ni de Cuba o China.

Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Suecia, los países nórdicos en su conjunto promueven como “política de estado” la gratuidad de educación en todos sus niveles independientemente del gobierno de turno.

Quiero contarles que -entre otras rarezas de este país, desde junio pasado existe un gobierno extrañísimo, conformado con dos partidos grandes -el Conservador (derecha liberal, en verdad) y el Socialdemócrata-, dos medianos -la Unión de Izquierda (ex-comunistas) y los Verdes-, y dos pequeños (Partido del Pueblo sueco (derecha liberal) y el Demócrata Cristiano (de derecha archiconservadora en asuntos de valor y populista en cosas sociales). Este gobierno tipo-ensalada-rusa reemplaza a uno de centro-derecha que gobernó cuatro años.” 
Alfonso Padilla, Consejo Central de las Artes de Finlandia. El Ciudadano 17/08/2011.

No será qué, los políticos de derecha, aparte de ser en una gran mayoría viejos (digamos las cosas como son), aún están viviendo y pensando ideológicamente como si estuviéramos en plena guerra fría. Tampoco quiero exculpar a la concertación de todo este embrollo que ha resultado ser el asunto de la educación, pero por lo menos una parte considerable se muestra dispuesta al cambio.


El tema de debate es como financiar la educación. Este punto es tragicómico pues a toda costa quieren impedir un alza de impuesto a las empresas. En tiempos como los que estamos viviendo, con una complicada situación económica a nivel mundial, los “expertos” recomiendo no intervenir los impuestos, púes frenarían incluso más la alicaída situación en la que podemos estar a corto plazo. Y cuando la economía está fuerte, robusta, nuevamente los “expertos” insisten en su recomendación de no subir impuestos, esta vez concluyendo qué alza significaría que inversionistas no querrán venir al país a poner su dinero en nuestra economía.

Entonces ¿qué podemos hacer? Primero serviría mucho que el Presidente de la Republica dejara ese doble discurso, que deje de elogiar movimiento en el extranjero para después llegar al país condenando intransigencia de los mismos. Luego, nosotros mismos debemos empezar a familiarizarnos con realidad extranjera. A pesar de qué culturalmente es muy distinta, nos demuestran qué los cambios si son posibles de llevar a cabo. Ninguno de los países nombrados anteriormente si hizo desarrollado de la noche a la mañana, pero el primer paso para serlo la educación. Por ejemplo Noruega invierte gran parte de su PIB en educación, ellos son exportadores de gas natural dentro de Europa, siendo uno de sus principales compradores la Unión Europea, un punto a tener en cuenta, debido a la similitud con realidad chilena y el cobre.

Ahora le pregunto ¿está inscrito en los registros electorales? Ve que es importante perder a lo sumo una hora de un día donde el comercio está cerrado, las botillerías tienen prohibición de funcionamiento, donde el país funciona a media máquina ya que somos 8 millones de chilenos los cuales decidimos sobre los otros 10 millones acerca de temas tan relevantes como lo es la educación chilena. No ha pensado en que estamos secuestrados por una elite política qué no quiere tranzar la comodidad de ganar dinero a costa de nosotros recibiendo cuantiosas utilidades de sus empresas y además legislando en temas de su propia conveniencia.
Que prefiere, ¿perder una hora al día cada cuatro años o perder doce años de una educación gratuita, de calidad, laica y por sobre todas las cosas, financiada por un gobierno que represente los intereses del 95% de la población?

miércoles, noviembre 02, 2011

Islandia, el camino que no tomamos

Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.

Al revés que el resto, Islandia dejó arruinarse a los bancos y amplió su red de seguridad social
Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.

La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.

Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el "hada de la confianza". Bueno, vale, era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la "consolidación fiscal".

Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).

Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.

Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.

Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.
Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.

¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. "Las cosas podrían haber ido mucho peor" puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.

Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera. -PAUL
KRUGMAN

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. 2001. New York Times Service. Traducción de News Clips.


Fuente: http://elpais.com